PRÓLOGO “La Respuesta Tardía”

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CLQ – Escocia 2010-

Miradas cruzadas que nunca se olvidan. Silencios inesperados en los que las palabras habrían supuesto un freno. Vidas espiadas bajo el efluvio del amor. Instantes recordados con el brillo de la nostalgia poblando los ojos. Besos mil veces recordados y besos que nunca se dieron. Palabras que se debían haber callado y palabras que siempre se guardaron con la llave del corazón. Caricias que erizaron la piel. Momentos en los que todo se venía abajo y momentos en los que se resurgía con el aliento de la prosperidad. Lágrimas que surgen de tristeza pero caen de felicidad. Una canción. Un suspiro. Un anhelo. Decenas de emociones. Mil latidos. Un aroma perdido.
¿Qué es escribir sino la respuesta tardía a todo ello?

En este blog podrás navegar a través de las pestañas situadas arriba o a la izquierda por diferentes páginas que te llevarán a diferentes relatos más largos o más cortos, a una pequeña biografía, algunas curiosidades, además de poder ir viendo pensamientos e historias en la página de principal. Todo está escrito por mi , todas las entradas las puedes comentar y puntuar. Yo simplemente espero que te guste y que te genere… “alguna respuesta”.

Y si quieres adquirir el libro LA RESPUESTA TARDÍA, con 16 relatos, sólo tienes que pichar aquí.

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Seamos como niños

Seamos como niños. No importa el color, ni el país, ni la ideología ni la religión. Si importa en exceso, es que ya no somos como niños y perdimos toda nuestra esencia, toda nuestra inocencia. No deberíamos dejar marchar a esa curiosidad que cuando éramos pequeños nos llevaba a explorar todo aquello que se nos brindaba ante nuestros ojos, sin encerrarnos ni encasillarnos en que ya somos como somos y nadie nos va a cambiar. Yo quiero ser como ese niño con mi cámara, explorando e intentando acceder a la esencia de todo aquello que se ofrece nuevo y sin estancarme en un pensamiento estático, excluyente y discriminatorio, que es el mal de todas las cosas. Un niño con los ojos bien atentos a cada novedad, para sentirla, tocarla, manosearla y hacerla mía aunque sea por un instante. Seguir abierto a cambiar, a moverme y a dejar de ser lo que fui ayer para seguir creciendo aunque las arrugas vayan apareciendo. Sinceramente me gustaría ver exactamente aquello que miran esos ojos inocentes frente a una cámara y que va mucho más allá de lo que sin duda muestra cualquier cámara. Pero seguramente ya no soy tan niño como me gustaría y a veces mi cámara resulta ser el único vehículo para encontrarme y recordarme que hace un tiempo fuimos niños y que mi piel, mi país o este artilugio para inmortalizar, fue, más allá de mis esfuerzos, una suerte que tuve y no elegí. Y además me gustaría soñar con un mundo en el que todos tuviéramos las mismas oportunidades, sin discriminaciones políticas, de fronteras, de pieles o de religiones, y en el que todos pudiéramos tener una cámara para mostrar las cosas bonitas de este mundo porque fueran las únicas que ocurrieran.

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Mozambique: si tuviera que elegir una foto.

Mozambique, una puerta abierta al exterior que va de la oscuridad a la luz. Un interior que te acoge esperando a que tú les ofrezcas algo de esperanza pero que mientras te ofrecen amistad y cobijo. Unos cimientos que se muestran quebradizos pero que soportan cada una de las tormentas que por épocas caen día tras día. Un país con un techo de chapa que espera verlo convertido algún día en sólido tejado. Un tronco de madera que debería sustentar un techado pero que al final sólo sirve de inestable apoyo a un futuro tan inocente como infantil.  Un país que anda descalzo y que ya se diversifica en la belleza interracial. Una mirada perdida en unas preocupaciones que nadie sabe quién atenderá. Una mano que pese a todo se tiende de espaldas pero que se permite al mismo tiempo gozar del tacto del agua al escurrirse entre los dedos y del sol caprichoso que la ilumina a su antojo. Un país de contrastes con un futuro tan incierto como prometedor y una imagen tan bonita que habla por sí sola.

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El reflejo de la vida

En un país donde uno de cada cuatro niños no llega a cumplir los seis años por culpa de la malaria, el reflejo propio en los ojos de un niño es mucho más valioso de lo que nunca yo podré ser en realidad. Miradas que son historias de supervivencia, pero sin alardes y sin deseos de protagonismo más allá de poder verse después en la pantalla de la cámara. Miradas que enseñan que tal vez la humildad hace mucho tiempo dejó de estar al alcance de nuestras manos. Miradas que viven y miradas que dan vida. Miradas que reflejan lo que al otro lado se presenta como una realidad, pero tal y como lo relataría Platón en el mito de la caverna y su alegoría con las sombras, me hace pensar si realmente somos lo que vemos o más bien somos el reflejo que proyectamos. La verdad es que si me tuviera que quedar con algo, me quedaría con mi propia imagen reflejada en sus ojos, liberada de muchos lastres y muchas impurezas, de falsas modestias y afanes protagonistas. Miradas que espero que nunca se acaben porque mientras yo las vea y ellas me reflejen, sabré que hay vida a ambos lados.

Quelimane (Mozambique). Tardes de paseo por las calles de la ciudad después de realizar mi labor en el proyecto FISIAFRICA (Xarxa Vives de Universitats y Universidad Miguel Hernández)

África y la memoria de las emociones

Tengo mala memoria y suelo olvidar nombres de lugares y monumentos. Quizá por ello no me guste especialmente hacer turismo convencional, aunque quizá sea al revés: como el turismo convencional no es mi mayor estímulo, me olvido de todo lo que no me genere una emoción especial. Esas sí, las emociones, son las que parecen guardarse con llave en el interior de este pequeña y delgada caja de huesos que poseo y a las que pido que por favor nunca me abandonen en cada uno de sus recuerdos. Son mi bien más preciado. Son las emociones las que nos hacen estar vivos, las que nos hacen expresar aquello que sentimos. Son las emociones las que podemos rememorar una y otra vez para que nos hagan palpitar de nuevo, pasen los días, los años o incluso los lugares. A veces emociones contradictorias que pueden significar dos cosas al mismo tiempo. Es como la niña de la foto que, pese a seguirme durante 10 minutos y mirarme todo el tiempo de reojo, muestra cierto temor a la cámara y al hombre blanco que hay detrás, huyendo en un primer instinto de esa “doble mirada”.

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Es como el miedo a ser fotografiadas que muestran algunas de estas mujeres prefiriendo escapar de esa mirada desconocida porque quizá para ellas la vergüenza superó a la inocencia hace ya mucho tiempo. Es el mismo miedo que, como adulto, muchas veces también me supera a mí y decido salir huyendo, intentando refugiarme en mi zona de confort y evitando “exponerme” a situaciones nuevas e incontrolables.DSC_5003

Pero quiero pensar que cuando vengo a África tal vez soy como el niño, con mi miedo previo a la nueva experiencia, a lo desconocido, a no controlar todo, a no conseguir lo que se espera de mí, pero al mismo tiempo es sentir de nuevo la ilusión de saber que al final, cuando llego a África, la vida me sonríe como si volviera a ser niño.
Así que pido que la vida no me quite ni mis miedos ni mis ilusiones ni esos bienes tan preciados que guardo bajo mi armadura. Que la vida no me robe lo poco que me queda de ser como un niño. Y que la vida no me nunca me borre de la memoria todo lo mucho que me ha dado y me sigue dando África.

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Lo estático y lo fugaz

Recorriendo los barrios de las afueras de Quelimane, en Mozambique. Lo estático y lo fugaz en una misma foto. Lo estático de un continente y la fugacidad de la vida en estos lugares. La estático que condena a África y lo fugaz del sueño de un mundo mejor. Lo estático de nosotros mismos (que abarca no pocas cosas) y a la vez la fugacidad de nuestras emociones. Esas emociones que tienen que empujarnos a quedarnos quietos o a intentar movernos y cambiar el mundo. La cuestión es que tú eliges qué generan en ti tus emociones y hacia dónde te llevan.

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“Copenhagen”. Una película que entra de lleno en aquellas que inspiran.

COPENHAGEN – Mark Raso

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El paso de la niñez a la madurez independientemente de que tengas 14 o 30 años. El descubrimiento de uno mismo y sobre todo el descubrimiento del amor, platónico o no platónico, pero al fin y al cabo de un amor que arrasa con todo por su pureza y sencillez. Disfrutar con la frescura de la niñez a la vez que sientes que ese disfrutar es lo que te convierte en maduro. Aprender a sentir, a dejarse llevar, a recorrer por tu pasado y hacia tu pasado, al tiempo que recorres una ciudad y disfrutas de la sencillez. Un viaje que no prometía mucho, pero que de repente se convierte en un punto de inflexión en una vida. Un punto de inflexión que tiene su origen en la mirada inocente y pura de la protagonista. Un choque de dos océanos en un punto en el que, pese a que cada uno tenga su propia dirección de corriente, se tocan, se mezclan, lo suficiente para convertirse en algo extraordinario.
Así es esta película danesa. Sencilla a la vez que extremadamente intimista (sin ser ni mucho menos ñoña), aunque eso quizá dependerá de los ojos con los que se miren (y de las vivencias de cada uno). Así que, la recomiendo encarecidamente para todo aquel que le gusten las historias de amor reales, aquellas que te enseñan más que nada de tu propia vida e independientemente del final que tengan.

 

Los amores tóxicos (y no tan tóxicos)

Hay amores que se inyectan en tus venas y se esparcen por tu cuerpo en menos de lo que puedas imaginar. Amores que llegan a los capilares y se filtran en cada una de tus células llenándolas de un placer endorfínico comparable a la mejor de las drogas. Lo peor es que una vez que llegan hasta ahí, esas células sufren un proceso inicial de acomodación que se va convirtiendo en adicción y que finalmente te atrapa. Es cuando empezamos a decir a la otra persona esa expresión de “soy adicto a ti”. No es incierto eso pues es realmente entonces cuando empezamos a sentir que cualquier desaire de esa persona o minuto lejos de ella empieza a provocar un conocido síndrome en el cual el dolor se hace patente en cada centímetro de tu cuerpo. Si estos procesos de abstinencia se hacen muy frecuentes e intensos, el proceso adictivo,  lejos de mitigarse, se acentúa. Cada vez necesitas más, cada vez duele más cuando no se llenan nuestras células de endorfinas, y cada vez en más difícil llenarlas de ese placer por otro motivo que no sea la otra persona. Es el placer de la montaña rusa, con altas subidas en las que vislumbramos un paisaje maravilloso, y descensos frenéticos que generan que la adrenalina se nos dispare. Nos hacemos adictos al riesgo. A ese llenando y vaciado continuo, porque si estuviéramos siempre plenos de la otra persona, aunque no lo creamos, se iría disipando el placer. No somos conscientes, no lo admitiremos ni lo querremos entender, pero ese amor no está hecho para mantener un célula llena, sin esas grandes pérdidas o fugas continuas. Sólo viven de un llenado y vaciado constantes y si simplemente fueran unas pérdidas lentas, esas que se producen por las grietas de cualquier relación, no tendríamos material que lo pudiese reparar. En efecto, no son amores provistos de cemento y yeso para sellar pequeñas fugas. Son amores que viven de llenar la piscina endorfínica una y otra vez y que sin esos altibajos no son nada. Y así hasta que se acaba “el agua”, algo que siempre ocurre. Pero dicho todo esto, son amores necesarios. Imprescindibles para el aprendizaje de la vida, del lenguaje del amor y para algo tan simple como para poder comparar y valorar. Amores muchas veces adolescentes y otras veces amores no tan adolescentes que llegan dando una patada en tu puerta y entrando sin avisar, pero cuando se van dejan esa puerta abierta por la que se escapa todo el calor de tu casa. Y después de tantas puertas rotas, un día llega alguien que la abre de golpe, pero sin una patada, sin romperla, y cuando llega a tu lado te acerca a su cuerpo y sientes el calor. No llena la piscina endorfínica, pues ya de por sí es una marina, una de esas que cuando la observas te genera calma y paz. Un mar completo que no entiende de llenados  y vaciados, solo de agua que sube a las nubes y que antes o después vuelve a caer en su inmensidad. Pero lo más importante es que después de hacerte sentir esa calma en lo más profundo de ti, llega ese instante en el que consigues abrir los ojos y mirar al otro lado de la habitación. De tu habitación. De ti. Y es entonces cuando descubres que por fin llegó alguien que cuando entró cerró la puerta tras de si.

 

Podríamos quedarnos quietos

Podríamos quedarnos quietos, inmóviles y totalmente ajenos a todo lo que pasara a nuestro alrededor. Podríamos pararnos incluso en medio de una carretera transitada, justo en esa línea blanca que parece separar mundos en direcciones opuestas. Podríamos ser tú y yo contra esa vorágine de movimiento amenazante a nuestros lados que intentaría disuadir a nuestro deseo, a nuestro impulso de quedarnos ahí, juntos, abrazados, sintiendo nuestros corazones en mitad de todo ese ruido. La cuestión es que podríamos ser tú y yo, y aunque conscientemente no lo hagamos porque sería arriesgado, lo cierto es que pensando en ti y en mí sé que tal vez un día, cuando paseemos por la calle y sintamos esas ganas de sentirnos que a veces tenemos, correremos el riesgo de quedarnos parados en mitad de una carretera, sordos al ruido exterior, ciegos al movimiento de los coches, y lo que sucediera después posiblemente ni lo sabríamos. Lo único seguro es que sería tal y como los dos deseamos: juntos. Gif Podríamos quedarnos quietos

“Un delicioso tándem de chocolate”

Somos un tándem, un perfecto tándem capaz de rodar a la vez separado, a la vez junto. Un tándem que puede dividirse como onzas de chocolate, o incluso como completas tabletas totalmente independientes, pero tabletas que a su vez encajan perfectamente para complementarse y formar una única composición. Es tan sencillo como una bicicleta en la cual los dos tenemos que dar pedaladas, en la cual los dos luchamos por mantener el equilibrio, y en la cual hay subidas y bajadas más o menos costosas y más o menos placenteras, pero nada que no sea propio de cualquier camino. Al fin y al cabo somos un tándem hecho 100% de nosotros mismos, como un chocolate puro en el cual reside hasta la dulzura del sabor amargo, y otro con leche que suaviza las tempestades. Sí, somos complicados pero a la vez tenemos la oportunidad de ser auténticos en este camino que elegimos recorrer y en el que elegimos diferenciarnos de las medias naranjas, simplemente porque no son completas por sí mismas y sobre todo porque no tienen la posibilidad de recorrer distancia alguna mientras uno se deleita con el excitante contraste de sabores de la vida. Pero no nos engañemos y tengamos en cuenta que no todo el camino será maravilloso aunque admitamos que tampoco nada entre nosotros podrá ser desastroso. Sólo si pedaleamos juntos en ese camino que nos hacen a ti y a mí ser los únicos rumbo a esa biblioteca de sabores creada por nosotros mismos, seguiremos siendo aquello que tanto deseamos: un delicioso tándem de chocolate.Tándem de chocolate puro