Hay amores que se inyectan en tus venas y se esparcen por tu cuerpo en menos de lo que puedas imaginar. Amores que llegan a los capilares y se filtran en cada una de tus células llenándolas de un placer endorfínico comparable a la mejor de las drogas. Lo peor es que una vez que llegan hasta ahí, esas células sufren un proceso inicial de acomodación que se va convirtiendo en adicción y que finalmente te atrapa. Es cuando empezamos a decir a la otra persona esa expresión de “soy adicto a ti”. No es incierto eso pues es realmente entonces cuando empezamos a sentir que cualquier desaire de esa persona o minuto lejos de ella empieza a provocar un conocido síndrome en el cual el dolor se hace patente en cada centímetro de tu cuerpo. Si estos procesos de abstinencia se hacen muy frecuentes e intensos, el proceso adictivo,  lejos de mitigarse, se acentúa. Cada vez necesitas más, cada vez duele más cuando no se llenan nuestras células de endorfinas, y cada vez en más difícil llenarlas de ese placer por otro motivo que no sea la otra persona. Es el placer de la montaña rusa, con altas subidas en las que vislumbramos un paisaje maravilloso, y descensos frenéticos que generan que la adrenalina se nos dispare. Nos hacemos adictos al riesgo. A ese llenando y vaciado continuo, porque si estuviéramos siempre plenos de la otra persona, aunque no lo creamos, se iría disipando el placer. No somos conscientes, no lo admitiremos ni lo querremos entender, pero ese amor no está hecho para mantener un célula llena, sin esas grandes pérdidas o fugas continuas. Sólo viven de un llenado y vaciado constantes y si simplemente fueran unas pérdidas lentas, esas que se producen por las grietas de cualquier relación, no tendríamos material que lo pudiese reparar. En efecto, no son amores provistos de cemento y yeso para sellar pequeñas fugas. Son amores que viven de llenar la piscina endorfínica una y otra vez y que sin esos altibajos no son nada. Y así hasta que se acaba “el agua”, algo que siempre ocurre. Pero dicho todo esto, son amores necesarios. Imprescindibles para el aprendizaje de la vida, del lenguaje del amor y para algo tan simple como para poder comparar y valorar. Amores muchas veces adolescentes y otras veces amores no tan adolescentes que llegan dando una patada en tu puerta y entrando sin avisar, pero cuando se van dejan esa puerta abierta por la que se escapa todo el calor de tu casa. Y después de tantas puertas rotas, un día llega alguien que la abre de golpe, pero sin una patada, sin romperla, y cuando llega a tu lado te acerca a su cuerpo y sientes el calor. No llena la piscina endorfínica, pues ya de por sí es una marina, una de esas que cuando la observas te genera calma y paz. Un mar completo que no entiende de llenados  y vaciados, solo de agua que sube a las nubes y que antes o después vuelve a caer en su inmensidad. Pero lo más importante es que después de hacerte sentir esa calma en lo más profundo de ti, llega ese instante en el que consigues abrir los ojos y mirar al otro lado de la habitación. De tu habitación. De ti. Y es entonces cuando descubres que por fin llegó alguien que cuando entró cerró la puerta tras de si.

 

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