En un país donde uno de cada cuatro niños no llega a cumplir los seis años por culpa de la malaria, el reflejo propio en los ojos de un niño es mucho más valioso de lo que nunca yo podré ser en realidad. Miradas que son historias de supervivencia, pero sin alardes y sin deseos de protagonismo más allá de poder verse después en la pantalla de la cámara. Miradas que enseñan que tal vez la humildad hace mucho tiempo dejó de estar al alcance de nuestras manos. Miradas que viven y miradas que dan vida. Miradas que reflejan lo que al otro lado se presenta como una realidad, pero tal y como lo relataría Platón en el mito de la caverna y su alegoría con las sombras, me hace pensar si realmente somos lo que vemos o más bien somos el reflejo que proyectamos. La verdad es que si me tuviera que quedar con algo, me quedaría con mi propia imagen reflejada en sus ojos, liberada de muchos lastres y muchas impurezas, de falsas modestias y afanes protagonistas. Miradas que espero que nunca se acaben porque mientras yo las vea y ellas me reflejen, sabré que hay vida a ambos lados.

Quelimane (Mozambique). Tardes de paseo por las calles de la ciudad después de realizar mi labor en el proyecto FISIAFRICA (Xarxa Vives de Universitats y Universidad Miguel Hernández)
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