Mozambique, una puerta abierta al exterior que va de la oscuridad a la luz. Un interior que te acoge esperando a que tú les ofrezcas algo de esperanza pero que mientras te ofrecen amistad y cobijo. Unos cimientos que se muestran quebradizos pero que soportan cada una de las tormentas que por épocas caen día tras día. Un país con un techo de chapa que espera verlo convertido algún día en sólido tejado. Un tronco de madera que debería sustentar un techado pero que al final sólo sirve de inestable apoyo a un futuro tan inocente como infantil.  Un país que anda descalzo y que ya se diversifica en la belleza interracial. Una mirada perdida en unas preocupaciones que nadie sabe quién atenderá. Una mano que pese a todo se tiende de espaldas pero que se permite al mismo tiempo gozar del tacto del agua al escurrirse entre los dedos y del sol caprichoso que la ilumina a su antojo. Un país de contrastes con un futuro tan incierto como prometedor y una imagen tan bonita que habla por sí sola.

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