Seamos como niños. No importa el color, ni el país, ni la ideología ni la religión. Si importa en exceso, es que ya no somos como niños y perdimos toda nuestra esencia, toda nuestra inocencia. No deberíamos dejar marchar a esa curiosidad que cuando éramos pequeños nos llevaba a explorar todo aquello que se nos brindaba ante nuestros ojos, sin encerrarnos ni encasillarnos en que ya somos como somos y nadie nos va a cambiar. Yo quiero ser como ese niño con mi cámara, explorando e intentando acceder a la esencia de todo aquello que se ofrece nuevo y sin estancarme en un pensamiento estático, excluyente y discriminatorio, que es el mal de todas las cosas. Un niño con los ojos bien atentos a cada novedad, para sentirla, tocarla, manosearla y hacerla mía aunque sea por un instante. Seguir abierto a cambiar, a moverme y a dejar de ser lo que fui ayer para seguir creciendo aunque las arrugas vayan apareciendo. Sinceramente me gustaría ver exactamente aquello que miran esos ojos inocentes frente a una cámara y que va mucho más allá de lo que sin duda muestra cualquier cámara. Pero seguramente ya no soy tan niño como me gustaría y a veces mi cámara resulta ser el único vehículo para encontrarme y recordarme que hace un tiempo fuimos niños y que mi piel, mi país o este artilugio para inmortalizar, fue, más allá de mis esfuerzos, una suerte que tuve y no elegí. Y además me gustaría soñar con un mundo en el que todos tuviéramos las mismas oportunidades, sin discriminaciones políticas, de fronteras, de pieles o de religiones, y en el que todos pudiéramos tener una cámara para mostrar las cosas bonitas de este mundo porque fueran las únicas que ocurrieran.

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