“Dos metros les separan”

“Dos metros les separan”
por Ruth Laguna de las Heras y Carlos Lozano Quijada
2º premio en el Sexto Certamen de Relatos Atzavares – Universidad Miguel Hernández 2011

 

Dos metros les separan. Uno frente al otro y en silencio. Ella, cerca de la puerta, pero por el momento dándole la espalda a esa salida. Él, apoyado en la pared, con los brazos cruzados, estático. No se perdonan, no se entienden. Ya hace un tiempo que les viene sucediendo. Ambos lo saben, y ambos han intentado evitarlo, pero sienten que ya es inevitable. Ahora simplemente han de sellar su separación, sin más. Por eso esta noche ella ha ido a devolverle las llaves de la casa. Las dejará sobre la repisa del recibidor, luego se dará la vuelta, abrirá esa maldita puerta, y finalmente se marchará. Para eso ni siquiera necesita acercarse más a él. Ya lo ha previsto así, e incluso se ha preparado para ello ordenándose que no se girará hacia atrás intentando cruzar una última mirada. Él se mantiene firme en su posición. Sabe que no debe derrumbarse. No despliega ni un milímetro sus brazos, lo que analiza él mismo como medida de auto-protección, y lo cierto es que a ella tampoco se le escapa el verdadero motivo de su actitud. Él sabe que le ha hecho mucho daño a ella, pero siente también el daño que de ella recibió. Ya no pueden perdonarse la cantidad de errores cometidos, y lo que en algunas fases de la relación había sido un reducto de felicidad, ahora ya les costaba recordarlo. Incluso ya no saben cómo explicar y justificar a los allegados el motivo de su relación, y simplemente están rendidos ante esa evidencia de que ya nada se podía hacer.

Se miran reafirmándose en sus decisiones.

– Bueno,- dice ella- me voy a marchar.

Él la mira tímidamente. Por un segundo siente que le falta el aire, y el poco de que dispone sale a presión de sus pulmones. Agacha la mirada, quizá por sentirse un poco más indefenso que unos segundos antes e intentando no mostrar debilidad.

– Siento mucho que todo haya sido así, de veras. Ojalá el maldito tiempo se hubiera detenido y no se hubiesen esfumado esos momentos que tan felices nos hicieron –arranca a decir él sin ser capaz de levantar la vista del suelo.-Cuídate mucho – concluye apenado.

Ella hace una mueca de sonrisa ante esa reflexión, pero nada más lejos de sentirse sonriente. Un gesto de resignación, interpreta él al descubrirlo por el rabillo de su ojo.

Ha llegado el momento y él busca reafirmarse mirando a un infinito inexistente. Prefiere no verla marchar. Oye el ruido de la puerta abrirse, lentamente, quejándose las bisagras. Y su corazón buscando casi salirse del pecho.

Ella, sintiendo el frío picaporte entre su mano izquierda, le mira allí, a veces cabizbajo a veces perdido, sabiendo que en el momento que aparte la mirada se obligará a no volverla atrás. Un pensamiento incontenible la recorre.

– ¿Sabes una cosa? Me di cuenta que esto se había acabado cuando me descubrí intentando recordar la última que vez que hicimos el amor de verdad, sintiéndonos, dejándonos llevar. Quizá ya no nos acordemos de lo que es realmente hacer el amor -.

– Es una pena, después de todo lo que hemos sentido- dice él casi murmurando y sintiendo que las fuerzas le fallan. Más bien la valentía, reflexiona por un segundo.

Ella siente una punzada en el pecho que la atraviesa de arriba abajo. La misma que estos últimos días la asalta constantemente. No puede más, le mira un segundo, intenta ignorar ese dolor punzante y coge fuerzas, esas que ya no siente tener.

– Adiós –dice ella con la última brizna de aire que le queda dentro.

Él siente como una puñalada esa palabra que hubiera deseado nunca escuchar. “¿Y volverla a mirar antes de que se vaya? ¿Y abrazarla por última vez?” Piensa él con la mirada todavía en el suelo. “Dos metros, eso nos separa”.

Ella se reafirma en su decisión de no mirarle más una vez que deje de hacerlo, y coge aire. Dos metros, una pequeña distancia hasta él y que resulta insalvable para abrazarle. Le mira fijamente, allí cabizbajo, con los brazos cruzados, y sin embargo siente que esos dos metros están al mismo tiempo recorridos por algo que no se puede explicar.

Él analiza por un instante la sensación que tiene en el pecho. No es presión, es como si una cuerda tirase de él, de sus costillas, intentando desarmarle. Por un segundo y tal vez fruto de esos pensamientos desbordados, se acuerda de aquella paradoja matemática del filósofo Zenón de Elea que aprendió en el instituto. Zenón cuestionaba el movimiento argumentando que para recorrer una distancia siempre había que caminar, como mínimo, primeramente la mitad y antes de esa mitad, la mitad de la mitad, y así infinitas veces, “demostrando” con ello que nunca se podría avanzar. Quizá, pensaba él ahora, esos dos metros estuvieran sujetos a ese viejo argumento y no hubiera posibilidad de recorrerlos.

Ella, ajena a ese pensamiento fugaz de él, sigue sin ser capaz de moverse. Casi ya no le queda aire y tampoco siente fuerzas de volver a tomarlo. “¡He de marcharme ya!” se azuza. El frío del picaporte. Las bisagras llorando. El aire que no entra. Los dos jodidos metros. Y casi sin darse cuenta, se descubre alargando su mano y convirtiendo esos dos metros en uno sólo.

Él ha cerrado los ojos, intentando apartarse del dolor de esas costillas que enjaulan los sentimientos y que resisten las embestidas de esa cuerda que tira y tira. Siente como si la distancia entre ambos se redujese. Pero ¿cómo podría pedirle ahora un abrazo más? Un abrazo como los de antes; como los suyos. “Aguanta” se dice a si mismo. “¡Aguanta!” se repite de nuevo. Sus brazos se aflojan. Su pecho se queda sin protección. Ahora los ojos se mantienen cerrados intentado no descubrirse desarmado. No puede más. Esa cuerda le lleva a ella, le une. Esa cuerda…

¡Plash!

Se oye la puerta.

Se rompe la cuerda.
“¿Porqué no habrá recorrido su mitad del camino? ¿Porqué no me ha abrazado?” se pregunta ella misma casi en voz alta, habiendo ya salido veloz de aquel lugar y dirigiendo sus pasos rápidos y de autómata hacia la calle. “Él lo deseaba, lo he sentido, pero no ha querido. ¿Cómo ha podido reprimirse? No tiene sentido ya. No se puede hacer nada.”

Él ha abierto los ojos fruto del impacto de la puerta o fruto de su impulso hacia ella. No se puede creer que se encuentre frente a la puerta cerrada, sin ella delante. Al otro lado oye sus pasos alejarse. Sigue sin aire. Sus costillas parecen resquebrajarse. Cree hasta oírlas crujir. Inmóvil, sin capacidad de reacción. Así se siente. Todos los recuerdos empiezan a asaltarle. Su cabeza, una olla a presión. Y sus brazos… caídos. Su pecho… deshinchado, desmoronadas sus costillas.

Ella llega a la altura del coche. Mientras busca las llaves en su bolso, tropieza con su móvil. Lo mira. Lo siguiente es un acto totalmente irreflexivo.

Vibra el móvil sobre la mesa de la cocina. Él da un brinco al sentirlo. “¡No puede ser nadie más!” Piensa.

Una señal de llamada, otra, otra y otra.

“¿Será capaz de no cogerlo?” Se pregunta ella enojándose a cada señal. “Va a colgar, lo va a hacer. No tiene sentido insistir” se repite. Y de repente oye descolgar el teléfono.

– ¿Porqué no me has pedido que te abrace?- Dice ella enfadada antes de oír nada al otro lado.

Pero no hay respuesta. No la hay hasta que más allá de su teléfono oye unas pisadas corriendo. A dos metros se para él, con la respiración entrecortada, mirándola a los ojos, cómo si penetrase en ella, y con los puños, a ambos lados de su cuerpo, cerrados de tanta tensión. Ella le mira, desarmada, y deja caer el bolso al suelo y sobre él, el teléfono.

Dos metros, metro y medio, un metro, medio metro.

La mano izquierda de él alcanza su cintura. La derecha, sobre la nuca de ella. Ella se inclina levemente hacia él y sus brazos lo cogen por la espalda, con sus manos sobre las costillas. Sus cabezas se acoplan una al lado de la otra, con las mejillas y las orejas tocándose. Las manos de ambos ejercen una presión leve, pero justa, precisa, exacta. Él siente como su mano de la cintura lentamente recorre el pequeño diámetro. Bajo el vestido casi cree sentir la textura de esa piel tantas veces recorrida. La mano de la nuca, con las yemas sintiendo el cuello, el origen de su pelo, y como la cabeza se mueve al compás de una respiración profunda. Las manos de ella, sintiendo los surcos de las costillas, deslizándose y sintiendo que los dedos están a punto de colarse entre ellas y alcanzar su pecho.

Un instante en el que todo se detiene. Todo menos ellos.

Él mueve ligeramente su rostro para situar su nariz más cerca del cuello de ella. Descubre, casi sorprendido, ese aroma que tanto le había seducido en etapas anteriores. Siente como penetra en su nariz, y aspira más fuerte para que le llene los pulmones. Cree impregnarse de todo ese olor y siente como le recorre el cuerpo hasta alcanzar sus piernas, que por un segundo flaquean, y sus brazos, que se aferran a ella como salvación. Ella siente la respiración de él, más que la propia. Se pausa. Se deja llevar. Apoya su rostro en su pecho y siente su corazón. No late rápido, late fuerte, como si quisiera salir. Ella le presiona más con sus brazos. Tal vez, piensa, en uno de esos latidos ese corazón saltará y ella lo atrapará. Aprieta más.

Él se deja mecer por el suave vaivén que surge de las manos de ella. Entonces se da cuenta que esa olla a presión de su cabeza está desapareciendo, aunque aún continúa ardiendo, recordándole quién es y cuánto ha pensado en estos últimos tiempos. Sin embargo, en su pecho cree percibir algo diferente. Parece como si sus costillas quisiesen abrirse, sin resistencia, sin resquebrajarse. “Atrapado entre sus brazos y liberado al mismo tiempo” piensa mientras se dibuja en su rostro una sonrisa.

Ella no puede verle la cara, pero por un momento siente como si en el cuerpo de él algo se deshiciera. No sabe exactamente que está sucediendo, pero en su frente, donde él ha apoyado su mejilla, siente un leve movimiento que nadie ha de explicarle lo que es. Entonces, una de sus manos comienza a ascender por su espalda y alcanza con sus yemas el cuello, y luego su pelo, entrelazándose con él, y dejando que lo surque hasta lo más alto. Entonces él descubre cómo esa mano que ha trepado hasta su cabeza aprieta y afloja los dedos suavemente, una y otra vez. Descubre como el calor bajo su pelo se disipa. Ella siente como él la aprieta más con su mano de la cintura, y la mano de la nuca se abre y tracciona ligeramente hacia arriba, como estirándola y arrancando definitivamente aquel dolor que la atravesaba. Se siente libre, y se deja llevar por esa mano que la guía unos centímetros más arriba. Su rostro con los ojos cerrados, se alza buscándole. Él vuelve a acoplar su mejilla, en este caso deja que su nariz lo lleve a escasos milímetros de los labios de ella. Siente como la nariz de ella exhala el aire, y deja que ese mismo aire sea atrapado por él en una inspiración intencionada. Ella siente la mínima distancia entre los dos, casi como nunca la había sentido. Casi más perceptible que con el tacto. Sabe que ambos respiran un mismo aire, compartiéndolo, dejando que llegue lo más lejos posible en sus pulmones, y difuminándose en cada célula. Sí, cada una de esas células de su cuerpo a las que les había ordenado que no perdonasen ni un error más de él, y a las que ya había obligado a empezar a olvidarle desde hacía semanas. Y ahora, sin embargo, totalmente llenas de él. Abre los labios; el aire se escapa por ellos, y él, descubriéndolo, busca captar la esencia que ella libera. Al capturarla, una reconfortante sensación recorre todo su cuerpo.
El leve vaivén vuelve a sorprender a los dos. Casi como un baile sin música pero al compás del ritmo de ambos.

Ella inspira, él siente que aumenta la presión en su pecho. Él exhala, ella siente como se vacía.

Las manos parece que empiezan a derretir primero la ropa, luego la piel. Se sienten desnudos. Siguen esas manos deshaciendo cuanto encuentran a su paso.

Las costillas de él se abren atrapándola. El pecho de ella comienza a fundirse. Siguen con los ojos cerrados. Sólo sienten. Se estremecen al unísono. Él cree perder el equilibrio. Ella siente como si estuviera al otro lado. Atravesada, atravesado, atravesados.

El tiempo sigue detenido. Nadie les ve en aquella calle apenas iluminada. Nadie siente nada porque nadie puede darse cuenta de que las manecillas de cualquier reloj se han quedado inmóviles para que todos los sentimientos posibles se den en ese instante sólo para ellos.

Abrazados. Fundidos. Sin tiempo.

Uno, dos, o tres instantes después, una inspiración de ella se hace más intensa. El espira, como si continuasen con una respiración única.

Ella levanta el rostro y le mira.

Él abre los ojos pero continúa apretándola contra si para asegurarse que esa magia no se pierda.

– Ahora puedo decir que verdaderamente he conocido lo que es hacer el amor- dice ella sonriendo.

Él sonríe, convencido de que no puede haber mejor definición para “hacer el amor” que lo que acaban de vivir juntos.

Cualquier cosa más allá de ellos sobra, pero hace frío y él, con sus manos, lo siente también en el cuerpo de ella. De repente se acuerda de cómo ha salido corriendo de su casa y de cómo la puerta se ha cerrado tras él.

– ¡No puede ser, me he dejado las llaves dentro!

Ella, por un instante se sorprende del comentario, pero luego, mirando su bolso que yace en el suelo, recuerda ese olvidado motivo que la había llevado hasta allí y le sonríe.

Él, al mirarla, se da cuenta de lo sucedido, y después de dibujar en su rostro un gesto de asombro y felicidad, la abraza aún más fuerte contra su pecho.

La calle sigue en esa íntima penumbra pero ya no reina ese silencio de un instante atrás y hay quien sale a tirar la basura sin ni siquiera detenerse a observar si hay alguien por allí. Incluso algún coche atraviesa fugazmente la calzada atreviéndose, ignorante de lo acontecido, a iluminar por instantes el lugar donde todo ha ocurrido.

Y es que, piensan ambos en silencio mientras caminan abrazados, “el tiempo” parece que ha decidido volver a hacer funcionar los relojes al ritmo acompasado de sus segunderos, pero esta vez orgulloso de haber sabido detenerse en el momento preciso para hacerles comprender que los argumentos matemáticos no entienden de sentimientos y que por ello el verdadero motivo de su encuentro estaba a mucho menos de dos metros.

 FIN

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16 pensamientos sobre ““Dos metros les separan””

  1. me quito el sombrero ante una historia que nos hace sentir y recordar tantas cosas pasadas en una relación y que aun ahora despues del paso de los años, las recordamos como si fueran ayer

    • Carlos Lozano Quijada dijo:

      Es que hay gestos, miradas, besos, ABRAZOS, que pese al paso del tiempo quedan grabados en nuestras entrañas y sólo saldrían de ahí si… no, nunca podrían salir de nosotros porque simplemente ya no seríamos nosotros.

  2. Como siempre… precioso. Espero que sean muchos premios más.
    Un abrazo, que aunque no será igual, cariño no le falta.

  3. Increíble!

  4. Paradise dijo:

    Definitivamente lo consigues. Logras transmitir todos esos sentimientos, todas esas sensaciones, hacer sentir que el pecho se destruye y se vuelve a formar unos instantes después al tiempo que vas leyendo. Consigues hacer que las palabras que escribes atraviesen la pantalla del ordenador y se claven en el lector como si de una flecha y su diana se tratasen, para hacernos rememorar sentimientos o instantes semejantes ya vividos. Haces que se pare el tiempo leyendo la historia, como si no pudieras dejar de leer una vez que empiezas, como si cada palabra fuera unida a la siguiente y no eres capaz de dejarla, como si alguna vez te hubieras preguntado de qué se trata y la respuesta sólo se encontrase al final. Enhorabuena por tu habilidad, y gracias por éstos regalos. No dejes nunca de transmitir, ni reprimas ninguno de tus impulsos por hacerlo. Un abrazo.

    • Carlos Lozano Quijada dijo:

      Este relato es fruto de una colaboración, o mejor dicho de UN ABRAZO, y simplemente muestra que para algunas personas su distancia es exactamente esa que marca un abrazo. Gracias por tus palabras, pues son palabras que también llegan a este “viejo” corazón de “joven” ímpetu.

    • Estoy totalmente de acuerdo, yo no hubiera podido expresarlo mejor y es que no puedo evitar adentrarme en tus relatos y experimentar todas las sensaciones y sentimientos que encuentro en cada palabra. Como ya te dije, unos más, otros menos pero sin duda éste es mi preferido y es que siempre que lo leo se me escapa una lagrimilla de sentimientos acumulados durante la lectura. Muchas gracias por compartir un trocito de tu corazón. Un beso Carlos =)

  5. Abrazos de despedida…cuántas emociones despiertan. Y sin embargo, nunca más quiero volver a sentirlas.

  6. No he podido reprimir las lágrimas… simplemente maravilloso.

    • Carlos Lozano Quijada dijo:

      Como bien dijo la coautora (y excelente amiga) en una ocasión: es simplemente la historia de un abrazo. Y es que hay mucho sentimiento ahí metido.

  7. Impresionante … aun recorre mi cuerpo esa sensación de escalofrío, desde luego he podido sentir lo que en ese momento se vivió entre ambos, un momento que realmente por ello merece la pena compartir nuestra vida con la de otra persona, y algo que tengo que reconocer … tenía en el olvido. Que bonito sentimiento … aunque duela, vale la pena, son pequeños grandes detalles que dan sentido a la vida.

    • Carlos Lozano Quijada dijo:

      Noe, si consigo erizarte la piel aunque sea por un sólo segundo… ya habrá merecido la pena todo lo escrito.

  8. cada vez que lo leo se me escapa la lagrima,es fabuloso.un abrazo

  9. Al leer cada línea me deje llevar a la experiencia de mi vida y a lo que en mi vida va a suceder. . . logro magnificar dentro de mi cada letra escrita cada frase dicha y cada sensación transmitida. Gracias por permitir identificarme en este impreionante recorrido dentro de mi alma.

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