Tú y yo…¿nos hemos visto antes?

Tú y yo… ¿nos hemos visto antes?

por Carlos Lozano Quijada

 La primera vez que se vieron fue en una cabalgata de Reyes Magos, en la que él, todavía un joven con acné, pasaba por casualidad camino de la casa de su abuela y ella, mucho más jovencita, estaba allí con sus padres, empeñada en coger el máximo de caramelos posibles. Cuando Baltasar, en su particular batalla, lanzó hacia ellos aquel manojo de caramelos como si de granadas de mano se tratase (así le pareció a él por lo menos), él recogió unos cuantos y cuando lo hizo descubrió tras de sí la mirada de aquella niña que se había quedado sin premio. Él se agachó, le tendió la mano llena de caramelos y ella, con sus manitas protegidas del frío por unos guantes de lana rojos, los cogió devolviéndole una sonrisa adorable que a él ya le valió como el mejor obsequio que Baltasar podía hacerle.

La segunda vez que se vieron fue unas cuantas navidades después. La calle estaba abarrotada de compradores compulsivos y él sólo se fijó en la tremenda bolsa que aquella adolescente llevaba con un peluche, mientras que ella, que empezaban a despertársele ciertos instintos, sólo llegó a sentir al cruzarse con él, un agradable aroma fruto de su colonia.

La tercera vez fue en la biblioteca de la universidad, en el pasillo él hablaba por teléfono y ella salía de la sala de estudio para descolgar el suyo, pero se fijó en lo bien que le sentaban los pantalones a aquel chico que hablaba por teléfono de espaldas. Cuando él colgó se giró, y aunque ella ya se había dado la vuelta, le llamó la atención lo dulce que era la voz de aquella chica al teléfono.

La cuarta vez por fin se hablaron. Ella salía de una cafetería con un chico con quien estuvo unos meses, y él, que entraba con una amiga con la que tuvo una corta pero apasionante historia, se apresuró a dejarla pasar al ver justo antes de cruzar el umbral como unas bonitas piernas se acercaban a la puerta. Se dijeron un “gracias” y un “de nada” aunque dado el momento no tuvieron ni la oportunidad de mirarse a la cara.

En la quinta, estaban los dos en un concierto y por primera vez se tocaron. Sus manos desnudas se rozaron accidentalmente durante un segundo mientras el intentaba alcanzar una mejor posición entre la multitud. A los dos les recorrió una agradable sensación más allá de que en ese momento tocaban la canción preferida de ambos, pero cuando pudieron girarse a ver quien era el causante de aquel estremecimiento, no supieron atisbar quien era de entre todos los que les rodeaban.

La sexta vez sintieron el calor el uno del otro… aunque no se vieron. Él, jodido porque esa mañana no le había arrancado el coche, dejaba su frío asiento del autobús para iniciar una sesión de estudio en la biblioteca, y ella, que había madrugado, finalizaba su sesión para regresar en autobús a casa. Él ocupó el asiento que ella acaba de dejar en la sala de lectura, y tuvo uno de los mejores días de estudio de los que recuerda, acogido por una confortable sensación que le embargo desde el momento en que se sentó. Ella, muerta de frío por haberse olvidado la chaqueta al salir de casa, se alegró al sentir la inesperada calidez de un asiento que parecía que alguien había calentado adrede para ella.

En la séptima ocasión coincidieron en una charla en la sala de cultura, pero con dos personas sentadas entre ellos. Él que tenía esa tos que le visitaba todos los inviernos, vio como a un par de asientos de él, unas manos delicadas abrían un caramelo. Sintió la necesidad de pedirle uno para calmar su tos, pero se contuvo al pensar que era el único que aquellas manos parecían tener. Ella, tal y como se echó el caramelo a la boca se arrepintió al percatarse que con ello se enmascaraba un sugerente aroma que acaba de redescubrir en su recuerdo y que parecía venir de dos asientos más allá.

En la octava, en una noche de fiesta, él garabateó una servilleta con las letras de una vieja canción que sonaba y que tiempo atrás había escuchado en un concierto. Minutos después ella, contenta tras comprobar que habían hecho caso a su petición musical, fue a pedirse una cerveza en ese hueco de la barra que alguien cabizbajo dejaba libre. Entonces descubrió esa servilleta abandonada y, fetichista de este tipo de cosas, la guardó en su bolsillo como si de un tesoro se tratase.

La novena vez fue su primera discusión (porque no hay pareja sin discusión). Él iba en el coche distraído pensando en una disputa que acababa de tener con su jefe, y no se dio cuenta de que el coche de delante frenaba precipitadamente en un cruce. Estuvo a punto de darle un golpe y se enojó por el frenazo brusco. Reforzado por el descubrimiento de esa “L” de novato en la luna trasera (así son los hombres), soltó un par de improperios que ella llegó a intuir por su espejo retrovisor a los que, con el corazón todavía en un puño, ella respondió con unos cuantos insultos no menos potentes.

La décima vez fue en una boda. Ella iba como invitada del novio, y él de la novia aunque se sentía un poco desubicado. Él la vio en la ceremonia y se quedó prendado de aquella joven con piernas largas y adorable sonrisa. Ella no se dio cuenta de la presencia de él hasta el banquete, pero cuando lo hizo, ya no le quitó ojo. Durante un buen rato él estuvo pensando en qué decirle, y ella pensó como podría hacer para que aquel chico algo perdido se acercara. Pero la noche transcurrió y él no encontró el valor para acercarse, ni ella supo escoger la estrategia para atraerlo. Entrada la noche, él, cansado de pensar en cual sería la mejor frase para comenzar una conversación, se distrajo hablando finalmente con una antigua amiga. Cuando quiso volver a buscarla con la mirada, ya no la encontró y se enfureció por la oportunidad perdida. Diez minutos después y tras una búsqueda infructífera decidió irse de aquella boda que ya había perdido todo interés. Ya no habría siguiente vez.

Un minuto después de salir a la calle, él iba maldiciendo en voz alta cuando divisó a alguien refugiado en un portal. Allí estaba ella, helada de frío, furiosa hasta un segundo antes por no haber sabido utilizar sus armas, y ahora viéndole pasar ante sus ojos. Entonces toda la “mala leche” que él tenía desapareció y se dirigió a ella sin vacilar. Al acercarse descubrió una sensación que sin duda le dejaba perplejo y le abocaba a una cuestión.

– Oye, tú y yo… ¿nos hemos visto antes?

Y ella, sorprendida no por la pregunta sino por la sensación que a ella también le asaltaba, sonrió y sin más le tendió su mano… con un caramelo.

Fin

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7 pensamientos sobre “Tú y yo…¿nos hemos visto antes?”

  1. oooooooooooooooooo, como puede ser tan precioso? m’encanta 🙂

    • Carlos Lozano Quijada dijo:

      Si es que en el fondo todos somos un pequeño caramelo para alguien. Lo que ocurre es que parece que a veces tenemos que cruzarnos con ese “alguien” no una, ni dos, ni tres veces, sino diez!!!

  2. me encanta Carlos, menudo artista estás hecho, es precioso =)

  3. Loretto dijo:

    Muy chulo y muy de la casa 😉 me encanta!!!! ya ves me estoy poniendo al día

  4. charo conejero dijo:

    Me ha encantado, Carlos. soy amiga de Angel desde el cole. Es hermoso dibujar emociones con palabras. Estoy impresionada. Un saludo

    • Carlos Lozano Quijada dijo:

      Pues me alegra mucho que te guste.
      Creo además que has hecho un definición perfecta: “dibujar emociones con palabras” (me encanta!!!)

  5. yolanda dijo:

    Muy bonito Carlos…

    Mi marido me lo presentó una gran amiga que por desgracia perdí hace tres meses, y cual fue mi sorpresa, que aquel chico que me estaban presentando era el mismo que todos los dias vigilaba mis clases de Karate en el gimnásio, yo me daba cuenta de ello, pero nunca nos habíamos dirigido la palabra hasta aquella presentación.

    Me ha encantado!!

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