“Sólo a dos”

“SÓLO A DOS”
Carlos Lozano Quijada 

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Todo el mundo se preguntaba porqué aquel cisne había recalado en aquella playa, lejos de su casa. No sólo los primeros días los vecinos hablaron de aquel ave perdida que parecía haber encontrado cobijo a su soledad entre barcas y agua salada. Expertos en la materia decían que no era un comportamiento habitual para un ave de este tipo. Había quienes, tal vez románticos, contaban que los cisnes nunca vagaban solos, que siempre lo hacían en pareja, y que aquello que ocurría debía ser fruto de alguna situación excepcional en la vida del ave. Desde los primeros días, los vecinos de aquella pequeña playa, alertados por la dificultad que aquel ser tendría allí para alimentarse normalmente, comenzaron a dejarle pan y otros alimentos que pudieran ayudarle. La gente que se acercaba a la orilla de la playa se quedaba absorta con la belleza de aquel cisne macho: tremendo cuello curvo, potente tórax, fuertes alas, inmaculado pelaje y triste mirada. Sí, una mirada que a veces parecía más humana que animal. Y entre todos los vecinos hubo uno que sin falta aparecía diariamente por allí en su paseo al atardecer. Aquel hombre se sentaba en la orilla y esperaba hasta que el Sol se escondía tras aquel bello animal. En ocasiones le susurraba palabras desde una lejanía cada vez más cercana, palabras que nadie oía pero que les hacían cómplices. Y aquel hombre empezó a pensar que sus destinos podrían estar entrelazados y que las respuestas que tan ansiadamente buscaba quizá algún día se mostraran con aquel solitario cisne. Al fin y al cabo, pensaba él, ambos eran solitarios que vagaban por un mundo que no parecía el correcto. Tal vez el desamor que el hombre sentía fuera entendido por el ave, y ésta, viendo en sus ojos la tristeza de la soledad, se acercara a él para darle compañía. Así pues, el cisne se acostumbró tanto a la presencia del hombre, que siempre al atardecer se acercaba a esa zona de la orilla donde le visitaría. Y pasaron los días y meses, y el cisne fue adoptado no sólo por los vecinos del lugar, sino por la opinión pública. Y llegó un día que un periódico se hizo eco de aquella situación y tras enviar a un joven periodista, publicaron un reportaje del ave y de la extraña situación que se daba. El periodista narró a los lectores la presencia de aquel bello animal, el tiempo que llevaba allí, de cómo la gente acudía a verlo, de cómo se le alimentaba, y de que incluso había algunos afortunados que gozaban del beneplácito del ave y eran obsequiados con una proximidad mayor al resto de los visitantes. El artículo, de media página, iba acompañado de una foto de un solitario hombre sentado en la orilla con el cisne muy próximo a él. La noticia tuvo repercusión y ya eran pocos los que no se preguntaban intrigados por el motivo de esa inhabitual presencia allí.

Pocos días después ocurrió algo que alteró el curso normal de la situación. Una mañana apareció otro cisne en aquella playa y, lejos de extrañarse, se acercaron y se quedaron durante largo tiempo uno frente al otro, como si se hablaran, hasta que el primero empezó a agitar sus alas con gesto de alegría. La noticia corrió rápidamente entre los soñadores de aquella ciudad y de inmediato aquel periódico que había publicado el artículo, consciente del tirón de la noticia, mandó de nuevo al periodista a cubrir la noticia. Aquella misma tarde el solitario hombre se volvió a sentar en su trozo de orilla algo preocupado por la creciente presencia de visitantes, pero se alegró al descubrir a su compañero al fin acompañado. Ambos, el cisne y el hombre, se dedicaron un momento para volver a mirarse a los ojos. Debieron pasar minutos así, quizá hasta que la brisa azotó la playa y el aroma de salitre se acrecentó. El hombre cerró los ojos, y supo que la despedida era inminente. Pensó no abrirlos hasta que estuviera seguro que su amigo no estuviera allí pero, aún con los ojos cerrados, una voz surgió tras él:

Vi tu foto en el periódico – el hombre se giró sorprendido– y me di cuenta que no podía dejarte sólo, y que ambos debíamos afrontar esto juntos. Siempre juntos.

El corazón del hombre se estremeció al escuchar aquello.

En aquel instante los cisnes batieron sus alas, la brisa acució y se elevaron sobre aquel agua salada que tan buen cobijo había dado. Al fin el cielo se tiño de tono púrpura y las aves se dirigieron hacia el.

El periódico del día siguiente contaba así lo sucedido:

“Nadie podía imaginar que de forma tan precipitada podía darse este final a la historia del cisne de la playa. Muchos de nosotros, incluido el que escribe, habíamos discurrido el motivo por el que un ave tan poco solitaria como ésta, podía haber recalado en un lugar tan inhóspito para ella. Tal vez se hubiera perdido, pensábamos, o tal vez estuviera enferma y ya no tuviera fuerzas para volar y simplemente se había quedado a medio camino en alguno de sus viajes. Pero el tiempo que ha permanecido con nosotros no había sido suficiente para darnos la respuesta. Sin embargo ayer creo que nos dio la contestación: aquel cisne macho se apartó de su hogar cuando entendió que no podía vivir en pareja tal y como las normas de su especie dictaban. Se apartó o fue apartado por entender el amor de una manera diferente a la convencional y decidió, dolido por el temor de quien debía estar a su lado, vivir ese sufrimiento en soledad. Y así lo tendría pensado él hasta que ayer una inesperada visita ocurrió: otro cisne, sin duda no desconocido para él, llegó a aquella playa, y al alzar vuelo pudimos contemplar como, al fin, dos cisnes machos volaban juntos.

El artículo publicaba de nuevo entre sus líneas una foto en la que frente a ese cielo se podía contemplar la silueta de las dos aves hacia el horizonte y en la que sobre la arena de aquella orilla se dibujaba la figura de dos hombres abrazados.

“Y es que, –terminaba diciendo aquel artículo –el amor importa sólo a dos”.

Cisnes en la playa de Almadraba. Alicante

FIN

4 pensamientos sobre ““Sólo a dos””

  1. yo he visto a ese cisne muchas tardes sentadita en una roca….

  2. el amor… solo para dos.

  3. Carlos Lozano Quijada dijo:

    Este relato se público en el libro editado por la Universidad Miguel Hernández para el IV Premio de Relato Corto “Atzavares”

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